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Emprender el camino una y otra vez

Cuando emprendemos un camino que nos apasiona, el nerviosismo y la ilusión son nuestros compañeros de viaje. Necesitamos esas sensaciones para sentir que estamos vivos, pues, conforme cumplimos años, el hastío y la incapacidad para sorprendernos se instalan en nosotros de forma irremediable.

Nuestra primera vez en cualquier ámbito nos proporciona esa ilusión, esas sensaciones que nos recuerdan que una vida rica consiste en emprender una y otra vez. Es posible que en nuestro camino tropecemos varias veces, que levantemos los pies del suelo demasiado y terminemos chocando contra él a la fuerza y con brusquedad. Sin embargo, merece la pena correr ese riesgo con tal de experimentar la emoción, esa  sacudida que sentimos cuando hacemos algo por vez primera.

Leyendo a Juan Gómez-Jurado en el diario ABC he encontrado un ejemplo perfecto, que paso a transcribir a continuación:

Historia íntima de la Feria del Libro

Novatos y best sellers conviven desde hoy en el Retiro a la caza de lectores. Así saben la primera y la última firma

Juan Gómez-Jurado
2 de junio de 2013 19:47

Son las 11:35 del domingo. El escritor termina de lavarse los dientes y sale del hotel. A pesar de que está a pocos metros de la entrada del Retiro, aprieta el paso, temiendo llegar tarde. La firma comienza a mediodía. Su primera firma, su primera novela.

Mientras recorre las casetas del principio de la feria siente una punzada de miedo. La gente camina por el centro del Paseo de Coches, echando ocasionales vistazos a los libros, pero más preocupada en disfrutar de la mañana que en comprar. En ese momento el escritor recuerda lo que le ha dicho su editora. Que todo es muy difícil, que vender libros es cada vez más complicado, que la gente apenas pisa las librerías, que no hay dinero para cultura. Y el miedo se acentúa.

«¿Y si no viene nadie? ¿Y si me quedo sólo durante dos horas?»

Al llegar frente a la caseta, saluda al librero y dice su nombre. El librero le da la mano, con el ceño algo fruncido. Se nota que hubiese preferido tener a un curtido escritor de best sellers en lugar de a ese novato, pero no dice nada. Le indica que para entrar a la caseta tiene que darse la vuelta y entrar por detrás.

—No querrás dar un salto por encima del mostrador, ¿no?

El escritor se ruboriza y maldice entre dientes por esa clara muestra de inexperiencia. Rodea las casetas. Por la parte de atrás, todo es muy distinto. Pegada a los árboles, una hilera de paneles blancos salpicados de puertas abiertas, intentando captar algo de brisa. En el suelo, una docena de cajas de cartón vacías complica el acceso. El escritor tiene que pasar por encima de ellas, pisar algunas, intentando no resbalarse mientras esquiva las ramas de los árboles.

«Solo faltaría que me rompiese una pierna antes de empezar».

Se equivoca de puerta un par de veces. Cuando alcanza la suya está aún más nervioso y aún más aterrado.

—Siéntate aquí —le indica una joven.

La banqueta es alta y tiene una pata algo coja. Resuena firmemente contra el tablado cuando el escritor se encarama a ella. Frente a él hay dispuestas cuidadosamente veinte copias de la novela. El escritor sonríe, agradecido. Por encima de su cabeza, un cartel anuncia su nombre y el título. Por megafonía una voz va anunciando los escritores que están firmando, y cuando llegan a su nombre el escritor no puede evitar una oleada de orgullo. Poco importa que hayan pronunciado mal el apellido.

Ahora sólo queda esperar. El escritor no sabe muy bien qué hacer con las manos ni con la vista. Mira al frente, intentando descifrar qué piensan las personas que van pasando frente a la caseta. Alguno se para, se fija en la novela sin acercarse, y sigue caminando.

De repente, un hombre maduro se aparta del flujo de gente, mira a los ojos al escritor y se acerca a él con paso firme. El escritor se endereza y sonríe. El hombre sonríe también, se inclina sobre el mostrador y dice:

—¿Perdone, podría decirme cuánto cuesta la última novela de Dan Brown?

El escritor se revuelve, azorado. Quiere señalar la portada de su libro y el cartel sobre su cabeza. ¿Es que ese hombre no se da cuenta de que él es un autor? Pero todo lo que le sale es:

—Yo es que… no trabajo aquí.

Vuelve a mirar al frente, viendo cómo pasan los minutos. Cada vez hay más gente paseando, pero ninguno se acerca. De pronto una mujer que pasa frente a la caseta con su hija toma el libro del escritor en la mano. Lo mira con gesto serio. Le da la vuelta y comprueba el precio.

—Uy, qué caro.

El escritor contiene las lágrimas a duras penas. En la caseta de enfrente, un autor famoso tiene una cola tan grande que ha sido necesario instalar vallas y a un guardia de seguridad.

—¿Me firma el libro?

Allí, frente a él, está la visión más maravillosa del mundo. La primera persona que va a pedirle una dedicatoria. Es una señora de mediana edad, sonriente. El escritor le pregunta su nombre y escribe un par de frases afectuosas. Luego añade la rúbrica, sencilla pero elegante. Cuando le entrega el libro, apenas es capaz de musitar un gracias, porque tiene un nudo en la garganta.

Ha llegado la hora de marcharse. Viéndole desvanecerse en la multitud, nadie sospecharía que dentro de un par de años venderá millones de ejemplares. Poco importa. Nunca, ninguna de las decenas de miles de dedicatorias que firmará, podrá compararse a la primera vez.

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